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Philip Seymour Hoffman estaría hoy de cumpleaños

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Philip Seymour Hoffman nació el 23 de julio de 1967 en Nueva York, Estados Unidos. 
 
Después de casi veinte años de carrera en cine y teatro interpretando personajes de gran complejidad psicológica, frecuentemente secundarios, cobró fama y popularidad a partir del Óscar al mejor actor principal que mereció su actuación en la película Capote (2005), basada en la vida del escritor estadounidense.
 
Philip Seymour Hoffman fue el tercero de los cuatro hijos de un ejecutivo de la Xerox y de una luchadora ama de casa que adquirió una marcada conciencia feminista cuando, a raíz de la ruptura de su matrimonio, se vio obligada a sacar adelante a sus cuatro hijos sola. Ya desde el colegio, su competitiva madre, abogada a la sazón, le alentó a que hiciese realidad su vocación de actor.
 
A los veintidós años, según propia confesión, comenzó “a temer seriamente” por su vida y decidió poner fin a sus andanzas nocturnas y a su adicción al alcohol. Hasta ese momento había sido un joven como los demás, que alternaba su participación en producciones modestas con su trabajo de camarero (que siempre odió) y con una curiosa afición por la lucha libre (que abandonó por una lesión).
 
Después de licenciarse en teatro en 1989 por la Tisch School of Drama de Nueva York, Philip Hoffman agregó a su nombre el de su abuelo, Seymour, y comenzó a frecuentar los escenarios y a aparecer en papeles secundarios tanto en películas independientes como en producciones de Hollywood.
 
La teleserie Ley y orden supuso su bautismo, y, cuando en 1992 participó en la primera película de renombre, Esencia de mujer, junto a Al Pacino, era la quinta vez que entraba en los estudios de grabación.
 
Aunque su papel distaba de ser relevante, él siempre aseguraba que su experiencia en este filme determinó el resto de su carrera profesional. 
 
Lo cierto es que Hoffman siempre escogió cuidadosamente a sus personajes, relegando a un segundo plano el beneficio económico que pudieran reportarle. 
 
Ese mismo año montó la compañía de teatro independiente LAByrinth Theater, que se mantendría profesionalmente activa durante mucho tiempo, estrenando al menos una obra al año. También por aquellas fechas comenzó a impartir clases en la Escuela de Artes de la Universidad de Columbia.
 
Diez filmes como Twister o Cuando un hombre ama a una mujer median entre Esencia de mujer y el trabajo que, un lustro más tarde, le convirtió en uno de los rostros habituales del cine independiente. 
 
Se trataba del filme coral Boogie Nights (1997), en el que, dando vida a un operador de cine porno gay enamorado de una estrella del género, interpretada por Mark Wahlberg, completó un reparto de lujo que incluía tanto a veteranos de la escena (Burt Reynolds) como a jóvenes promesas (Heather Graham, Julianne Moore o el propio Wahlberg). 
 
Desde ese momento pasó a ser uno de los actores incondicionales de su director, Paul Thomas Anderson, quien siempre le proporcionó papeles de peso, aunque fueran secundarios.
 
Secundario con carácter
Hoffman se reveló inmediatamente como un profesional de gran carácter, sumamente sacrificado y comprometido con su trabajo. 
 
Este comentario en una entrevista es revelador de la forma en que entendía su profesión: “Una vez, mientras rodábamos, alguien me preguntó si me estaba divirtiendo. ¡Por supuesto que no me divierto, en absoluto! Cuando he terminado, lo que me divierte es ver que he hecho un trabajo jodidamente bueno, que está aportándole algo a alguien. Es ahí cuando encuentro toneladas de diversión, pero no antes.”
 
Con esa mentalidad, no es extraño que en sólo un año su presencia brillara de modo tan fugaz como intenso en películas como Hapiness (1998), de Todd Solonz, El gran Lebowski (1998), de los hermanos Coen, o Magnolia (1999), de Paul Thomas Anderson. 
 
Los roles, dispares pero siempre extremos: en Magnolia daba vida a un abnegado enfermero que trataba de dar con el hijo del moribundo a quien tenía bajo su cuidado; en Hapiness, a un solitario degenerado que acosa a su vecina con llamadas obscenas; en El gran Lebowski, al despistado mediador de un millonario cuya hija ha sido secuestrada.
 
En 1999, su aparición en El talento de Mr. Ripley, de Anthony Minghella, robó protagonismo a un trío estelar: Matt Damon, Jude Law y Gwyneth Paltrow. Poco a poco, Hoffman ganaba experiencia como actor multidisciplinar y camaleónico, conocedor profundo de todos los géneros, desde el drama más crudo hasta la comediamás ácida, sin contar con el teatro. 
 
Y es que, de modo paralelo, logró hacerse con dos nominaciones a los Tony como mejor actor de teatro en obras como El mercader de Venecia, de Peter Sellars.
 
Iniciado el nuevo milenio, los cinéfilos fueron acostumbrándose a verle en producciones del más variado pelaje, siempre como eterno y eficaz secundario: desde State and Main (2000) de David Mamet, hasta El Dragón Rojo (2002), tercera entrega de la saga de Hannibal Lecter, pasando por la comedia Punch-Drunk Love (2002), de nuevo bajo las órdenes de Paul T. Anderson, o Cold Mountain (2003), dirigida por Anthony Minghella, entre otras muchas. Pero parecía difícil imaginarlo en un papel principal. Hasta que un buen día su agente le comunicó un encargo radicalmente distinto (en lo que a protagonismo se refiere) de todo lo que había aceptado hasta entonces.
 
Fueron dos de sus amigos de la adolescencia, Bennet Miller y Dan Futterman, quienes proporcionaron a Hoffman su primer papel protagonista de importancia, al proponerle interpretar nada menos que al escritor Truman Capote. 
 
El perfeccionista Hoffman aceptó, aun a sabiendas de que existía un enorme handicap, dado que el físico del actor y el del autor de Música para camaleones no tenían nada que ver.
 
El trabajo de inmersión de Hoffman en la personalidad de Capote fue de una profesionalidad estremecedora. 
 
Además del documental de los hermanos Albert y David Maysles With love from Truman, que le resultó extremadamente útil para captar la idiosincrasia gestual del escritor, el actor recurrió a las más diversas fuentes.
 
 
 
 
 
 
 
 
Fuente: Elimparcial